Puedo escucharlo, poco a poco, muy sutil, se va rompiendo.
Que no se termine el medio día, que sus ojos se vean en los míos, que el momento fortuito de estar juntos no acabe.
Es que él no sabe. No sabe que a una pareja se le puede -y debe- amar tanto como se le ama a una creación de esas que son pequeñitas, prioridades y retos, hechas desde de las propias entrañas o del corazón.
Es que yo no sé. No sé si creo sentimientos mezclando situaciones, imaginación, anhelos y personas… Una tez oscura como el chocolate, un perro, una curvatura pronunciada, una inteligencia destacada, un orificio en una posición peculiar, un apoyo, una broma, un amigo.
Quiero dormir desnudos más de la mitad de las noches que nos quedan por vivir, y que nuestras manos se busquen mutuamente.
No quiero vivir con un anelo que se renueva y muere cada semana, cada día.
Quiero poder decir lo que siento, sin miedo a dañar a nadie, sin miedo a que sea muy pronto, sin miedo a que no sea recíproco, sin miedo a escuchar una mentira por ser lo que quiero escuchar.
No quiero sentirme mal por estar cerca, y por estar lejos. ¡Cambiando siempre de opinión! Pidiendo siempre lo que no debería pedir que me den.
Quiero contar cuentos de buenas noches a quien más adora.
No quiero ser la protagonista de la aventura de una noche fabricada con astucia y mentira.
Quiero descansar en su pecho, cantar, acariciar su pelo, hablar y no hablar. ¡No dormir bien nunca más!, si es el precio a pagar por respirar cerca el uno del otro todas las noches.
No quiero sentirme como la prioridad número trece y medio, inciso b.
Quiero que me ame. ¡Ingenua! Lo que no es, se nota; y lo que se nota que no es, no puede ser.