Un mundo

Un mundo de ilusiones se ha venido fabricando en una muy pequeña fracción del tiempo que abarcan las mismas.

Su mano cálida me busca, y en ese instante me gustaría sostenerla por siempre, trazando cada cambio de textura y cada cicatriz, haciendo círculos alrededor de los nudillos que representan la mano más varonil que he podido entrelazar con la mía. El grosor de sus dedos obliga a los míos a separarse notablemente, y encuentro una analogía tan sensual en eso, que se me sonroja la existencia.

No puedo escapar de sus ojos vivaces, su pelo parado, y sus bromas cariñosas.

La lucha en mi interior asemeja a las batallas de David y Goliat, Gandalf y Saruman, el viejo Santiago y el marlín.

El tiempo retrocede, no así el lugar y las circunstancias. Es mi primer beso nuevamente, estoy petrificada por el miedo de lo que vendrá: un corazón abierto y rendido a los pies de alguien cuyo corazón no me corresponde. Mi boca está renuente, por lo prohibido, por lo que quiero hacer, por lo que no quiero ser, por no querer dañar a nadie, por no recordar bien cómo besar, por querer tanto un beso…

Si sus labios se quedaran quietos, podría besarlos milímetro a milímetro suavemente. No se quedan quietos. Sus manos tampoco se quedan quietas. Mis manos no sé adonde están.

Me aqueja lo mismo de siempre: Mis sentimientos se desbordan más allá de los límites de la razón… La añoranza de una vida -de un mundo- que no vendrá nunca.

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El parque

Sentado en el parque observaba a otro hombre que caminaba despacio y mantenía sus ojos casi cerrados mientras su brazo izquierdo cruzado sostenía su brazo derecho, y la mano derecha sostenía su mandíbula; con un dedo índice que abrazaba su mejilla y señalaba al cielo.

El otro hombre era una versión más acalorada de sí mismo, a juzgar por las mejillas rojas. Ambos vestían pantalones color beige y zapatos café, y una camisa con cuello y mangas cortas. Era evidente que también compartían algún tipo de problema o angustia, grande o pequeña. No supo distinguir si la ira, un riesgo de derrame lagrimal, o el estar sumido en pensamiento, le hacían caminar viendo no más que sus propias pestañas.

Casi cómodamente sentado, disfrutaba del paisaje y esperaba a que el tiempo pasara y las cosas mejoraran, porque Dios es sabio y grande, y maneja el destino. Estaba seguro de que la amaba, y no había necesidad de demostrarlo más allá de llevarse bien cuando estaban juntos, y no verse mientras no se llevaban bien; habiendo tantos objetos de afecto, ¿para qué centrarse en uno tan demandante y explosivo?

Mientras tanto, el caminante incesable decidía si ir a comprar un chocolate o una manzana; pues tenía hambre. Y luego de eso decidiría si emprendería una lucha consigo mismo y con la terquedad de ella. No sabía si la amaba de verdad, ni por qué, pero no podía ni quería vivir sin ella.

Ganó el orgullo, y no por un tiempo; corrompió la duda como agente oxidante; fatigó el tiempo como en una maratón. ¿Para el caminante, pensando? ¿Para el paciente, sentado esperando? Definitivamente no para el tercer hombre que no estaba en el parque, porque estaba actuando.

Prométeme, prometeme

Prometeme que el resto de nuestras vidas será como en los cuentos… tan largo que roza lo eterno. Que tan solo algo pasajero e injusto amenaza con alejarte de mi vida. Que sos fuerte, y cuando no, yo lo soy por vos.

No puedo, no quiero imaginar… ¡No! Sin vos.  Sin voz. ¡Que no! No he tenido el chance de quererte como se debe. Algo que no ha podido empezar no puede terminar.

Soy egoísta. Tengo miedo. Prometeme que es cierto eso de que vamos a comer mangos entre temperaturas altas y conexiones lentas a internet. Que sí habrán angelitos con forma de niños que estén ligados a tu nombre y a mi español.

Que me prometás, te digo, que es sólo un susto agotador. No sé nada, sólo que… lo único que quiero es: vos.

El fin del mundo

Y el mundo sí terminó, después de un adiós implícito que no pintaba un hasta luego.

Me acaricia la soledad mientras te extraño, y lo terrible es que cambiás de cara en cada instante; persistente.

¿A quién extraño?

Tus mil y una caras las llevo dentro, muy dentro, resguardadas por siempre del olvido. Y te espero, como ayer, como hace diez años, como dentro de diez años… Que los sueños son lo único que tengo.

El amor

Va y viene como la marea. Como la esperanza que muchas veces pensamos se nos escapa para siempre; pero la gran esquiva regresa eventualmente.

Distintas caras frente a mí. Por unos minutos, por unos siglos, le nombré la melodía que acompañaba unas palabras que cumplen un fiel papel de símil con las siguientes: la razón de mi vida. Ahora sólo somos extraños. ¿Cómo hace el -a la vez- sabio e ignorante? Me queda aprender a no acomodar más almas tan cerca de la mía, ya que luego ¡cuesta tanto arrancarlas!

Luces intermitentes… El evento sin precedentes que muchos sentimos nos toca vivir de forma profética. El gusto o disgusto por un fruto verde del manzano. La espera exasperante que no quiere acabar. La señal confusa acuñada por la desconfianza. La apreciación de rapidez o lentitud. El aire caliente que escapa del letargo.

Tan rápido le extraño y le dejo de extrañar. Tan fácilmente dudo.

Vive tan sólo el recuerdo para siempre, reinando la melancolía cada día más fuerte.

Lo único cierto lo diré yo ahora: El amor sin amor muere.

¿Podría yo afirmar, que la reencarnación precede a la muerte?