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Frío

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Este frío duele en la punta de los dedos; así también como entre el orgullo, el alma y la vida. Respiro y suspiro, en lucha para ver cuál predomina con el fiel coro del llanto, tono bajo y tono alto. Voz atenuada y lagrimal ocupado.

Y no se me quita, eso de ir de la mano con los berrinches y las ilusiones. Con amnesia a los tropezones y a las caídas resonantes, de esas multicolores.

Mala hora aquella en la que las estrellas decidieron que yo habría de sentir tanto. Tanto frío en una noche ventosa, en un día de cualquier año.

 

 

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Arcoíris

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En el horizonte, un arco multicolor; un espectro de frecuencias de luz solar, la cual se encuentra atravesando pequeñas gotas de agua suspendidas en el aire. En el mismo tiempo y espacio, en un siglo y sitio lejanos, unos ojos maravillados contemplan el fenómeno; de la boca que habita el mismo rostro que alberga esos ojos con pupilas contraídas, surge una voz audible para las almas que aún recuerdan la infancia: “¡Qué bello, es un milagro!”.

Memorias lejanas del despertar genuino de mi piel todavía recorren mi mente en días elegidos por el azar. Múltiples ocasiones donde lo terrenal y lo místico se recordaron inseparables, complementarios. Lo que pasó, y lo que no estuvo lejos de pasar, quedará por siempre en mi recuerdo; por ejemplo, la primera vez que mi pie recibió un beso.

Amé tanto, de forma tan completa  y honesta, que era imposible imaginar volver a amar así una vez más. Pero pasó. Pasó, o algo dentro de mí se ha deleitado en alimentar mis anhelos, creando ilusiones falsas alimentadas de señales ambiguas, resultando en consecuencias muy reales…

Hoy me encuentro sosteniendo una tregua entre la locura y la razón. Por meses he ido construyendo vivencias como castillos en el aire; tratando de recordar que los castillos voladores tienden a desplomarse. Me veo añorando sueños, no recuerdos. Extraño labios que nunca besé, extraño caminatas mano a mano en calles que nunca he recorrido, extraño endorfinas producidas por algo que nunca antes realicé, extraño un futuro que cada día más va peligrando de no llegar a existir. Extraño tantas cosas. (Extraña).

Entonces me digo: “¿Otra vez? No muchas más por favor, que estoy exhausta de crear arcoíris con apellidos que riman con un corazón roto, un corazón poético que es diabético e hipertenso, ya renuente a prestar su nombre y que no necesita de más enfermedad”.

No desespero. Resuelvo. Voy anotando algo que podría llamar mi primer mantra, para mantenerme entre los vivos, entre los metódicos, entre los esperanzados y entre los cuerdos: “Lágrimas, gotas de agua. Tiempo, luz solar. Lugar y momento adecuados, nuevo arcoíris”.