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Prométeme, prometeme

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Prometeme que el resto de nuestras vidas será como en los cuentos… tan largo que roza lo eterno. Que tan solo algo pasajero e injusto amenaza con alejarte de mi vida. Que sos fuerte, y cuando no, yo lo soy por vos.

No puedo, no quiero imaginar… ¡No! Sin vos.  Sin voz. ¡Que no! No he tenido el chance de quererte como se debe. Algo que no ha podido empezar no puede terminar.

Soy egoísta. Tengo miedo. Prometeme que es cierto eso de que vamos a comer mangos entre temperaturas altas y conexiones lentas a internet. Que sí habrán angelitos con forma de niños que estén ligados a tu nombre y a mi español.

Que me prometás, te digo, que es sólo un susto agotador. No sé nada, sólo que… lo único que quiero es: vos.

El amor

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Va y viene como la marea. Como la esperanza que muchas veces pensamos se nos escapa para siempre; pero la gran esquiva regresa eventualmente.

Distintas caras frente a mí. Por unos minutos, por unos siglos, le nombré la melodía que acompañaba unas palabras que cumplen un fiel papel de símil con las siguientes: la razón de mi vida. Ahora sólo somos extraños. ¿Cómo hace el -a la vez- sabio e ignorante? Me queda aprender a no acomodar más almas tan cerca de la mía, ya que luego ¡cuesta tanto arrancarlas!

Luces intermitentes… El evento sin precedentes que muchos sentimos nos toca vivir de forma profética. El gusto o disgusto por un fruto verde del manzano. La espera exasperante que no quiere acabar. La señal confusa acuñada por la desconfianza. La apreciación de rapidez o lentitud. El aire caliente que escapa del letargo.

Tan rápido le extraño y le dejo de extrañar. Tan fácilmente dudo.

Vive tan sólo el recuerdo para siempre, reinando la melancolía cada día más fuerte.

Lo único cierto lo diré yo ahora: El amor sin amor muere.

¿Podría yo afirmar, que la reencarnación precede a la muerte?

Arcoíris

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En el horizonte, un arco multicolor; un espectro de frecuencias de luz solar, la cual se encuentra atravesando pequeñas gotas de agua suspendidas en el aire. En el mismo tiempo y espacio, en un siglo y sitio lejanos, unos ojos maravillados contemplan el fenómeno; de la boca que habita el mismo rostro que alberga esos ojos con pupilas contraídas, surge una voz audible para las almas que aún recuerdan la infancia: “¡Qué bello, es un milagro!”.

Memorias lejanas del despertar genuino de mi piel todavía recorren mi mente en días elegidos por el azar. Múltiples ocasiones donde lo terrenal y lo místico se recordaron inseparables, complementarios. Lo que pasó, y lo que no estuvo lejos de pasar, quedará por siempre en mi recuerdo; por ejemplo, la primera vez que mi pie recibió un beso.

Amé tanto, de forma tan completa  y honesta, que era imposible imaginar volver a amar así una vez más. Pero pasó. Pasó, o algo dentro de mí se ha deleitado en alimentar mis anhelos, creando ilusiones falsas alimentadas de señales ambiguas, resultando en consecuencias muy reales…

Hoy me encuentro sosteniendo una tregua entre la locura y la razón. Por meses he ido construyendo vivencias como castillos en el aire; tratando de recordar que los castillos voladores tienden a desplomarse. Me veo añorando sueños, no recuerdos. Extraño labios que nunca besé, extraño caminatas mano a mano en calles que nunca he recorrido, extraño endorfinas producidas por algo que nunca antes realicé, extraño un futuro que cada día más va peligrando de no llegar a existir. Extraño tantas cosas. (Extraña).

Entonces me digo: “¿Otra vez? No muchas más por favor, que estoy exhausta de crear arcoíris con apellidos que riman con un corazón roto, un corazón poético que es diabético e hipertenso, ya renuente a prestar su nombre y que no necesita de más enfermedad”.

No desespero. Resuelvo. Voy anotando algo que podría llamar mi primer mantra, para mantenerme entre los vivos, entre los metódicos, entre los esperanzados y entre los cuerdos: “Lágrimas, gotas de agua. Tiempo, luz solar. Lugar y momento adecuados, nuevo arcoíris”.