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El parque

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Sentado en el parque observaba a otro hombre que caminaba despacio y mantenía sus ojos casi cerrados mientras su brazo izquierdo cruzado sostenía su brazo derecho, y la mano derecha sostenía su mandíbula; con un dedo índice que abrazaba su mejilla y señalaba al cielo.

El otro hombre era una versión más acalorada de sí mismo, a juzgar por las mejillas rojas. Ambos vestían pantalones color beige y zapatos café, y una camisa con cuello y mangas cortas. Era evidente que también compartían algún tipo de problema o angustia, grande o pequeña. No supo distinguir si la ira, un riesgo de derrame lagrimal, o el estar sumido en pensamiento, le hacían caminar viendo no más que sus propias pestañas.

Casi cómodamente sentado, disfrutaba del paisaje y esperaba a que el tiempo pasara y las cosas mejoraran, porque Dios es sabio y grande, y maneja el destino. Estaba seguro de que la amaba, y no había necesidad de demostrarlo más allá de llevarse bien cuando estaban juntos, y no verse mientras no se llevaban bien; habiendo tantos objetos de afecto, ¿para qué centrarse en uno tan demandante y explosivo?

Mientras tanto, el caminante incesable decidía si ir a comprar un chocolate o una manzana; pues tenía hambre. Y luego de eso decidiría si emprendería una lucha consigo mismo y con la terquedad de ella. No sabía si la amaba de verdad, ni por qué, pero no podía ni quería vivir sin ella.

Ganó el orgullo, y no por un tiempo; corrompió la duda como agente oxidante; fatigó el tiempo como en una maratón. ¿Para el caminante, pensando? ¿Para el paciente, sentado esperando? Definitivamente no para el tercer hombre que no estaba en el parque, porque estaba actuando.

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Arcoíris

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En el horizonte, un arco multicolor; un espectro de frecuencias de luz solar, la cual se encuentra atravesando pequeñas gotas de agua suspendidas en el aire. En el mismo tiempo y espacio, en un siglo y sitio lejanos, unos ojos maravillados contemplan el fenómeno; de la boca que habita el mismo rostro que alberga esos ojos con pupilas contraídas, surge una voz audible para las almas que aún recuerdan la infancia: “¡Qué bello, es un milagro!”.

Memorias lejanas del despertar genuino de mi piel todavía recorren mi mente en días elegidos por el azar. Múltiples ocasiones donde lo terrenal y lo místico se recordaron inseparables, complementarios. Lo que pasó, y lo que no estuvo lejos de pasar, quedará por siempre en mi recuerdo; por ejemplo, la primera vez que mi pie recibió un beso.

Amé tanto, de forma tan completa  y honesta, que era imposible imaginar volver a amar así una vez más. Pero pasó. Pasó, o algo dentro de mí se ha deleitado en alimentar mis anhelos, creando ilusiones falsas alimentadas de señales ambiguas, resultando en consecuencias muy reales…

Hoy me encuentro sosteniendo una tregua entre la locura y la razón. Por meses he ido construyendo vivencias como castillos en el aire; tratando de recordar que los castillos voladores tienden a desplomarse. Me veo añorando sueños, no recuerdos. Extraño labios que nunca besé, extraño caminatas mano a mano en calles que nunca he recorrido, extraño endorfinas producidas por algo que nunca antes realicé, extraño un futuro que cada día más va peligrando de no llegar a existir. Extraño tantas cosas. (Extraña).

Entonces me digo: “¿Otra vez? No muchas más por favor, que estoy exhausta de crear arcoíris con apellidos que riman con un corazón roto, un corazón poético que es diabético e hipertenso, ya renuente a prestar su nombre y que no necesita de más enfermedad”.

No desespero. Resuelvo. Voy anotando algo que podría llamar mi primer mantra, para mantenerme entre los vivos, entre los metódicos, entre los esperanzados y entre los cuerdos: “Lágrimas, gotas de agua. Tiempo, luz solar. Lugar y momento adecuados, nuevo arcoíris”.